Sunday, September 17, 2006


Imágenes de niño: el abuelo Tocho y su impermeable beige llegando de visita a mi casa en Puerto Varas, como el recuerdo de un Humphrey Bogart -no tan duro ni tan serio- que regresa de Santiago al sur de Chile mojado y mítico. Ahí viene con su sombrero gris, siempre de traje, al menos con corbata, yo de 8 años con ojos grandes de curiosidad: no puedo dejar de mirar su pelo blanco, su bigote, sus ojos verdes pequeños, sus cejas. "Ojalá yo tenga la memoria de él", me decía yo mismo, al escucharlo relatar algún pasaje de la historia, una anécdota tras otra. "Conocí a Pablo Neruda", me sorprendió un día. Me habló del poeta cuatro años mayor que él: fue en una pensión de Puerto Montt -¿sería en 1918?- cuando todavía no era famoso pero sí muy flaco. Ahí está mi abuelo, cuando, de nuevo de paso, dormía junto a mí, en la cama vecina, y me despertaba "pedriiiitoooo, pedritooooo" para ir al colegio, o compartía conmigo sus desayunos en bandeja: té con leche, pan con mantequilla y huevo a la copa. Lo recuerdo también en misa -porque una una vez fui a misa con él- a la parroquia de madera pintada de amarillo que quedaba cerca de la carnicería ésa, todavía en Puerto Chico. ¿Cómo se llamaba? Nos llevó junto a mi hermano Mauricio, bien peinados, quien imitaba como ninguno su forma de caminar: la parsimonia de quien está pensando algo importante. Y de seguro lo hacía. Ahí está mi abuelo: cuenta una historia mientras trae una malla de choritos y almejas: los recuerdos de mi abuelo y el cotarro de primos, el pajarerío de primos y primas revoloteando a su alrededor. Mi abuelita Tivina, a su lado habla y observa, vigila el hervidero de risas entre los tíos y las tías en el bullicio del encuentro, pocas veces al año, pocas pero intensas, siempre a allí, entre uvas y damascos dulcísimos. Veo a don "Tocho" en su departamento en Ñuñoa, sentado, cariñoso, mostrándonos las fotos de sus viajes por Chile o al trepar por Sudamérica. Nos indicaba con orgullo "los cuadros muy bonitos de Sonita Andrea". Años después, con tono confidencial, me leyó sus versos -le gustaba mucho Rubén Darío-; me dio sus libros y poemas, sus cartas rimadas, sus dedicatorias, acrósticos. Ahí está mi abuelo, el primer crítico literario del que tuve conocimiento, cuando le contesté con alejandrinos una carta suya escrita de igual modo: "muy bonitos e inspirados", dijo también en rima, y yo quería imitarle. Ahora me dirijo a ti, ahora te recuerdo, porque te fuiste antes de ayer, en silencio, sin decir nada, con los mejores 98 años que he visto yo que sólo llevo 31. Aunque no te vi en 6 años, sin embargo ahí estás recordándome tu vida, tu obra; estás contándonos a detalle lo sucedido a cuanto nieto o bisnieto. "Pedriitooooo, Pedriiito, lévantate que te tienes que ir al colegio". Abuelo, descansa, y no dejes de despertarme cuando llegue tarde a cualquier sitio.


PD. En la memoria de Héctor Horacio Montealegre Díaz, mi abuelo "Tocho". En la foto, junto a mi abuela "Tivina".

5 comments:

baudelaire3 said...

Pedro: mi primer crítico literario fue un amigo mío, mayor que yo, el que vino, simbólicamente, a reemplazar a mi hermano cuando este se murió. Veinte años de eso. Se te echa de menos en el cyber espacio. Ánimo, un abrazo y, si sigues los pasos de tu abuelo, parece que tienes un montón de años por delante.

Un abrazo,

C

dolan mor said...

Pedro,me has hecho recordar con este post a mi abuelo, la persona más bella que ha palpado mi espíritu, la que más he amado en vida, y a quien amaré, incluso, después de mi muerte. Es curioso como definen algunos abuelos el destino de muchos escritores (García Márquez, sin ir muy lejos).Ya ves, somos por dentro piedra y flor. En estos momentos me he derrumbado como Pedro Páramo.

Un abrazo

k said...

Todo mi apoyo en un abrazo en la distancia. Si necesitas algo ya sabes donde estoy.

Pedro Montealegre said...

Cristián, Dolan, Kb: muchas gracias, muchachos, por sus palabras de apoyo.

Anonymous said...

Que bueno que tienes un recuerdo del abuelo Tocho. Ah, y acuérdate de visitar a la Tatita si vas a Chile.
Espero tener la oportunidad de conocerte ahora que eres grande (adulto), porque sólo te conocí como niño.
Te deja este saludo una de tus primas mayores, ya vieja, lejana, olvidada.
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Vivi