Sunday, June 17, 2007

(Texto de contratapa) La poesía de Pedro Montealegre ha sido hasta hace poco uno de los secretos mejor guardados de la última y penúltima poesía chilena. Su primer libro, Santos Subrogantes (1999), editado en el sur de Chile, en la ciudad de Valdivia, pasó prácticamente desapercibido antes de la partida del poeta a tierras valencianas. Si Santos Subrogantes era el anuncio de la presencia de un gran poeta, era a su vez la escritura a contramano de las tendencias imperantes en dos promociones supuestamente opuestas: los poetas del 90 y la poesía emergente después del 2000. La palabra rabia (2005) y EL hijo de todos (2006), editados tardíamente en España resultan escrituras cuya belleza, tensión y extrañeza no sólo desarticulan las nociones críticas de un contexto de pugna generacional -de cuya impostada, interesada y pequeña discusión estos libros nunca participaron ni de cerca ni de lejos-, textos cuyo valor inesperado y anómalo, cuyo talante trasgresor y disruptivo frente a la norma y la costumbre, ponen en entredicho los parámetros interpretativos y canónicos del panorama de la poesía chilena viva. Consecuentemente con su obra anterior, este libro de Pedro Montealegre exhibe una escritura cuyo poder radica en su carácter fundacional y la fidelidad a su propio y autárquico mito de origen, y a su capacidad de convencimiento retórico, encarnada en un devenir proliferante, una espiral de música y sentido, cuya unidad, su persona siempre plural y movediza, se enuncia por medio de un constante juego dialógico con un doble, a su vez fantasma del sí mismo y sujeto amoroso, que modula verso a verso una alocución dramática, un pathos sobre las orfandad del sujeto ante la familia, la religión, los poderes y discursos políticos, las políticas represivas de los cuerpos y los deseos. Como sucede en las obras de sus antecedentes civiles y literarios -Saint-John Perse, Federico García Lorca y Pier Paolo Pasolini- estos poemas elaboran un pensamiento poético cuya lucidez y vigilancia se encarnan en un discurso de lo concreto, que rehúye de las palabras que buscan su autoridad alejándose de las cosas y los cuerpos, centros irradiantes de esta imaginación verbal voluptuosa y omnívora que desde esa cercanía a la materia y la carne ofrece el milagro de su (i)legibilidad, todo un desafío para la ilusión mimética y comunicativa de buena parte de la poesía en nuestra lengua.

Javier bello


(Fragmento del prólogo) Pero éste es justamente el caso de la escritura firmada por Pedro Montealegre. Se anticipaba abiertamente, sin aire, en sus dos poemarios editados hasta la fecha en España: La palabra rabia (Valencia, Denes, 2005) y El hijo de todos (Logroño, Ediciones del 4 de Agosto, 2006). Se venía venir. Más que el poema-río se trata del poema-remolino, que es algo bien distinto (¿no?): se traga a quien se descuida, y está como rogando ese descuido en la lectura; su voracidad, como la del lobo de las fábulas infantiles, no tiene límites, por eso es verdadera. Más que la huella de una vanguardia histórica (Lautréamont, Huidobro, Neruda, García Lorca…), que también, se trata del rastro de un animal en celo, por eso su amenaza es inminente. De ahí que la forma de este decir sea tan constructiva como destructiva: su (anti)poder de seducción quizá radique en haber situado el lugar de enunciación en el punto de inflexión entre lo que se alza y lo que cae, entre
lo que se dice y lo que se calla, entre lo que aparece y lo que desaparece. Su posición de cruce, en una palabra, sólo se puede designar como un entre: sus verbos familiares dependen, pues, de ese prefijo latino, como intervenir, interrumpir, interceptar, interpelar (¿no fue precisamente Celan quien defendió a muerte el núcleo dialógico de la poesía?)… ese pulso crecería entonces sólo entre territorios (tan geográficos como lingüísticos, identitarios y simbólicos), como la mala hierba, que nunca muere.

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LA HISTORIA ES CIEGA después de la mentira: es más honesto levitar. Fingir el vuelo
sobre el ojo de vidrio –se llama ciudad, se llama discurso de ciudad: ¿o su tumba?–
se llama recelo de quien cela: hubo un Arte, un Agente también. Convención. Ahora
esta tumba volante que nos moja los párpados, ¿tiene algo de belleza? Tiene de belleza
la marcha de los asesinados sobre la metáfora del sol. Asoléese en la Urbe: poema: Ser.
Asoléese y recréese en el tratado de las heridas: más presentes: el texto. Esto es.
Esto fue. Un poema sobre la muerte es un poema sobre sí: hubo anoche una ciudad.
¿No recuerdas la ciudad? Anoche hubo un pez disfrazado de hombre. ¿Viste el pez?
No, no lo vi. Pero yo estaba tatuando en mis rodillas un signo, ¿del agua, del fuego?
Un pantáculo para desaparecer –¿estás o no estás?– de aquella paradoja se extrae la luz.
Un tratado de simulación: la ironía de los insectos que vivirán una noche. Si hubo allí risa,
su sonido fue adverso: versión de la cópula: un catre celeste –el gemido de los dioses.
Por cada embestida, un texto se dotaba de la amarillez de Narciso: ¿Usted adivina
que ese signo es mortal, como peligroso resulta unir paria contra otro? No, no lo sé.
Por favor, su pregunta es susceptible de asir: quíteme la interrogación: quíteme el nacimiento:
es menester escapar. ¿A dónde te vas, si tú eres mío? Un tratado de simulación. Velo, allí
ensayando la rabia sobre el ensayo de la ciudad. Hubo una ciudad. Hubo un hijo allí
perdido en la ciudad. Hubo una operación acuciosa de búsqueda. Hubo indagaciones
pertinentes a un poema. Hubo solemnidad. Hubo festejo: al perder esperazas, helo, allí:
como si nada, el hijo, ¿no se llama cicatriz? Se llamaba hijo. ¿Aparecido o desaparecido?
Se llamaba hijo: no me llamo hijo, has entendido mal. Yo me llamo discurso. Yo me llamo Tú.
Hay recelo en quien cela: hubo un Arte. Trasgresión. No hubo Arte. Había un niño.
Y ese niño, robado, fue dotado de hiel. No hubo niño de hiel. No hubo niño siquiera
en la entonación: la palabra: narrada la muerte, ¿no le hiere a usted? ¿No le hiere fingir
que pasa –y no pasa– que el estatus transeúnte es aquél del metal? Del tornillo: jamás
le hablarán de engranaje. Pero el Arte es una niña ayudada por su madre. Vea allí
el Arte en su misma –perenne– representación: una niña meando o puede ser la mentira.
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TRANSVERSAL. Pedro Montealegre. El billar de Lucrecia. México. 2007

4 comments:

sergio castillo pelegrín said...

Enhora buenísima amic, a ver si pronto me ajencio con uno. Ya tengo ganas. De momento lo que parece, son más que simples promesas...

Pedro Montealegre said...

Grcias, nos esperamos en todo caso en octubre cuando lo presentamos en valencia, heheheh ;)

safrika señorita said...

Me encanta. ¿Cuándo podemos escucharte recitar? Cuándo!!!!

Pedro Montealegre said...

En octubre, Safrika, en fecha que les avisaremos a todos los "calambres" con oportuna antelación. Besos.